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Ruta Bonaerense | Burbujas Magazine
san_telmo_caluga

Ruta Bonaerense

Ilustración por Marcelo Pérez Dalannays

Viajar a Buenos Aires es siempre un placer. Teatro, restaurantes, cafés, libros y excelentes vinos. ¡Qué más se puede pedir! Pero esta vez el circuito por la capital bonaerense fue distinto. Por lo general, siempre que he viajado a esa ciudad me hospedo en hoteles tradicionales y en barrios más turísticos para los “chilenos”. La última vez lo hice en Palermo Soho, hoy la cuna del diseño y la moda argentina… pero está vez el barrio elegido fue San Telmo. Y vaya qué sorpresa.

A San Telmo las personas suelen ir los domingos, principalmente a la feria de antigüedades de la Plaza Dorrego –una de las más antiguas-, pero vivir y olfatear el barrio un par de días, que no sea domingo, fue excelente decisión. Las opciones entre hostales y hoteles-boutique son variadas. Sin ir más lejos, en la Avenida Chile –donde me quedé un par de noches- hay lugares fantásticos para alojar a precios módicos, moderados y exorbitantes, como es la esencia de Baires (nuestra jerga para llamar a una de las ciudades más cosmopolitas de América Latina), en sí misma.

Caminar por San Telmo es caminar por adoquines y por la historia del antiguo Buenos Aires. Esa ciudad del tango y de la vida de barrio. Las tiendas de antigüedades lo copan todo, pero también las tiendas de diseño que mezclan lo viejo y lo nuevo. Y claro, si hubiera podido –pues el tema logístico es complicado- me hubiera traído un dulcero: pequeñas corridas de vidrios, de dos pisos empotrados en metal, que hacían furor en mi niñez y que hoy se usan en las tiendas bonaerenses de esa zona para mostrar accesorios, ropa y un sin fin de cosas. Yo ya me la imaginaba puesta en la entrada de mi casa, con un surtido de dulces de mil colores, como cuando uno iba al cine (lo que hubiera causado  furor y sorpresa entre mis invitados). Obviamente el asunto quedó sólo en la imaginación. Pero no sólo los dulceros fueron parte de mis evocaciones fetiches: las tiendas de juguetes antiguos absorbieron mi tarde. Juguetes que funcionaban a la perfección y que eran totalmente accesibles al bolsillo de un coleccionista.

Otro de los encantos de San Telmo son sus restaurantes y cafés. Siempre repletos de turistas europeos y estadounidenses y no tantos latinoamericanos. Y es que San Telmo es el barrio preferido de los “gringos”, por eso resulta normal encontrar librerías no sólo antiguas, sino con la mayor parte de sus ejemplares en inglés y otros idiomas. Incluso logré dar con una joyita literaria: las obras completas de William Shakespeare, realizada por Cambridge y fechada en 1936. Un libro que hoy es mi compañía de velador. Bueno, Shakespeare… no comments!

Además San Telmo tiene un micro-clima especial, no sólo porque en Buenos Aires siempre la primavera llega antes que en Chile, sino porque se siente una exquisita brisa, difícil de encontrar en otro sector de la ciudad. Así, mientras la calle Corrientes se mueve y es frenética, San Telmo es un bálsamo para la caminata, para sentarse a beber una cerveza y deleitarse mirando. Así de simple. Un lugar que mantiene sus casonas habitadas por la clase alta argentina, hasta que en 1871 una epidemia de fiebre amarilla atacó la zona. La aristocracia dejó sus palacetes y los arrendó a inmigrantes europeos. Lo demás ya es historia conocida.

Bueno, y si de comer se trata, hay lugares realmente imperdibles. Uno de ellos es El Desnivel. A simple vista no dice nada, incluso hasta cuesta encontrar el lugar, porque lo avisa un cartel muy “piola”. Pues bien, es la típica parrilla argentina casera, donde van turistas, pero sobre todo los habitué del barrio, claro indicador de excelencia y calidad para un restaurante.

Lo entretenido son sus manteles de hule, intencionalmente de distintos colores. También los carteles manufacturados, que parecen hechos a mano y que cuelgan de las paredes ofertando cosas, sobre todo platos y vinos, y que dan a este sitio un aire de picada, aunque no lo es. Se trata de un buen lugar para comer y experimentar lo mejor de la cocina argentina: las carnes y pastas caseras, en especial con salsa de cuatro quesos, donde el roquefort se ve y siente. Bueno, y si además de comer en El Desnivel pide que le descorchen un Malbec Reserva de la Bodega del Fin del Mundo, probablemente su noche se ilumine como día. Aunque no soy especialista en vinos, sí me declaro sibarita, que algo entiende de acompañamientos etílicos, y puedo decir que probar una cepa cultivada en la Patagonia argentina – un verdadero experimento – y que significó que los dueños de  la bodega construyeran especialmente un canal de 20 kilómetros para llevar agua y plantar uva, es, literalmente, un privilegio. Un vino con aroma floral, avainillado, con toques de chocolate. Bueno, ¿Y qué espera para hospedarse la próxima vez en San Telmo y descorchar algo de la Bodega del Fin del mundo?, mal que mal con tanta predicción apocalíptica vale la pena intentarlo. ¡No se arrepentirá!