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Los imperdibles de Bogotá | Burbujas Magazine
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Los imperdibles de Bogotá

La tierra del premio Nobel Gabriel García Márquez es por esencia una oda al realismo mágico, incluso en materia gastronómica. Para comprobar esta máxima sólo basta visitar Andrés DC, el restaurante más cool del momento en Bogotá, que se encuentra emplazado en el centro comercial El Retiro, en plena Zona Rosa de la capital colombiana. El lugar destaca por sus imponentes cuatro pisos que evocan, a través de los diferentes niveles, la Divina Comedia de Dante, que en el caso del restaurante son: tierra, infierno, purgatorio y cielo. Incluso, Andrés Jaramillo, su dueño, tiene una edición del libro para que los visitantes puedan entretenerse hojeando el ejemplar.

Describir Andrés DC resulta una tarea difícil, pero no imposible. El restaurante, que también es un bar y un lugar para bailar, de acuerdo a lo que va surgiendo cada noche, está construido arquitectónicamente de una manera que permite ver las distintas mesas en los niveles y lo que sucede en cada rincón. La decoración es esencialmente “kitsch” y destacan corazones de fierro o letreros que cuelgan con dichos populares, en un tono rojo furioso. El lugar de más de 800 metros cuadrados, tiene un ejército de 300 mozos y una carta que es una revista de papel couché de casi 40 páginas. Para ponerse a tono con el lugar, es recomendable partir con un mojito o un “lulazo”, que se prepara con vodka, nieve de limón, jugo de limón y lulo, una fruta exótica colombiana. Pero ojo, porque lograr beber aquel cóctel hasta el fin, amerita aplausos. Es que el vaso es del tamaño de un melón tuna y está forjado en una madera especial, una presentación fantástica e inolvidable.

La especialidad de la cocina, por cierto, es la comida colombiana: patacones, arepas, ajiaco. Aunque una de las recetas más apetecidas del lugar son las carnes, sobre todo un lomo a la sal, que puede dejar a todos con la boca abierta. En la carta están destacados los vinos chilenos que acompañan cada preparación, lo que por cierto llena de orgullo a esta comensal. Hay, sin exagerar, más de 40 variedades de vinos tintos de las viñas de Colchagua, Apalta y la zona central, vinos que van desde Caballo Loco hasta Laura Hartwig.

Pero no sólo comer en Andrés DC (por la abreviación de Distrito Capital o De Corazón) resulta un espectáculo. También lo es todo lo que sucede en el lugar. En una oportunidad Andrés Jaramillo contrató, para el restaurante que tiene en Chía (una zona más rural cerca de Bogotá y la primera sucursal que lleva el nombre de Andrés Carne de Res), una bailarina de ballet para que paseara entre las mesas. El creador del restaurante explicó en ese entonces que lo hizo para decirle a la clientela que el arte es importante y que no todo es locura o rumba. Pues bien, ese concepto lo réplica en su emprendimiento capitalino, que está abierto al público desde 2009. Por eso no es raro toparse, de tanto en tanto, sobre todo cuando uno va a la barra, a explorar los niveles del restaurante, o al baño, con actrices que te miran y siguen, para montar un show particular, evocando los años 50. Otra de las experiencias que se puede vivir en Andrés DC es llenarse de mariposas amarillas o corazones de colores –todos de papel volantín-, que son lanzados al aire y que colman de alegría y colorido el lugar.

La historia de este negocio es también fascinante. Andrés Jaramillo, quien hoy tiene 53 años, dejó la escuela de economía y se encontró con el amor de su vida, María Stella Ramírez, antropóloga. El hombre se las dio de emprendedor, pero tuvo que gastar casi todo su dinero en el siquiatra para superar los fracasos de sus primeras empresas. Estuvo a punto partir a la lucha en la Revolución Sandinista. Luego vendió tractores por un buen rato. Todo eso le ocurrió hasta que llegó a Chía, arrendó una cabaña y con seis mesas de tronco partió con su restaurante Andrés Carne de Res. Un sueño hecho realidad, ya que Jaramillo tiene siete hermanos a quienes siempre les cocinó, por eso ellos lo bautizaron como “la mejor criada que se puede tener”.

De eso han pasado casi 30 años y su restaurante es una leyenda en Colombia. Tanto así que la escritora estadounidense Susan Sontag escribió que Andrés Carne de Res era “el mejor bar del mundo”. Mientras que Gabriel García Márquez le hizo el siguiente eslogan: “Andrés Carne de Res donde se acuestan dos y amanecen tres”. ¿Va a Bogotá?… ¡Entonces que espera para reservar!

Todos los caminos conducen a Botero

Para explorar realmente Bogotá hay que recorrer La Candelaria, su casco histórico, un lugar lleno de sorpresas. Allí se encuentra el Museo Botero. Reconozco que la pintura del artista colombiano no me parecía atractiva, pero salí del museo convertida en una verdadera fan de este pintor. ¿Por qué? Porque si hay algo que me conmueven en la vida son las historias humanas donde los protagonistas persiguen sus sueños y ésta es una de esas. Botero es un artista en esencia autodidacta. Es hijo de David Botero, quien comerciaba entre los pueblos de Medellín sus mercancías en mula. El hombre murió muy joven, por lo que la madre viuda y con tres hijos más, debió sacar a la prole a pulso. De ahí que Fernando Botero se criara tan independiente y a la vez utilizara su fantasía y su tiempo para dibujar. Era admirador de Diego Rivera y de Orozco, el reconocido muralista mexicano que sólo pintaba con una mano. Su otro ídolo fue Picasso, de quien escribió un ensayo escolar que lo llevó hasta la expulsión del establecimiento. Así llegó a otra escuela que le permitió desarrollar más su lado artístico. En este período y para mantenerse, Fernando vendió ilustraciones para el suplemento cultural de El Colombiano, el diario local.

Con el apoyo de su madre y un tío, Fernando logró llegar a Bogotá y de ahí al mundo. Sin embargo, lo más admirable de Botero –y del museo que tiene en Bogotá, que es un imperdible- es su impresionante generosidad. El artista donó su colección privada que está avaluada en 200 millones de dólares. Cuadros que el pintor fue adquiriendo durante décadas y entre las que destacan las obras de connotados artistas como: Corot, Renoir, Picasso, Dalí, Miró, Delvaux, Giacometti, Wilfredo Lam y hasta Matta, entre otros. En total, 85 obras internacionales que están expuestas para que los visitantes aprendan de arte. Eso sí, el pintor puso como condición para la donación que ninguna de sus obras fuera donada ni prestada ni cambiada de lugar luego de ser colgada.

Recorrer el museo es casi un deber. No sólo por las obras internacionales allí exhibidas, sino para entender en profundidad la pintura de Botero, generalmente reconocida por el sello propio que el pintor le ha dado a su obra: el volumen. Algunas de sus pinturas están influenciadas en personajes como la Mona Lisa; otros de sus cuadros en la época violenta de Colombia. La pintura de Botero juega con los simbolismos del Renacimiento, de ahí los colores verdosos de los presidentes colombianos que ha pintado, con el objetivo de representar la muerte. Y la manera tan personal de excluir al espectador del cuadro, siempre a través de una ventana, jamás haciéndolo parte de la obra. Hoy a sus 79 años, Botero es uno de los artistas vivos más reconocidos a nivel mundial y uno de los activistas a la hora de mostrar la violencia contemporánea, especialmente con su última obra “Abu Ghraib”, la cárcel de las atrocidades de Irak.

Vale realmente la pena visitar este museo e interiorizarse en la pintura del artista, más allá del concepto de “los gordos de Botero”, porque Botero es mucho más.