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Copas, sabores y aromas | Burbujas Magazine
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Copas, sabores y aromas

Ilustración por Karla Díaz C.

Fue después de un asunto médico, cuando tuve que replantear completamente mi alimentación, que decidí “profundizar” en materia de tintos y blancos, y todo lo que hay entre ellos. ¡Qué descaro!, dirán ustedes, pero el asunto es que hoy bebo vino casi a diario y pucha que lo disfruto. Los días de semana, generalmente una copita al almuerzo; sí una más generosa luego del trabajo, con la cena. Los fines de semana, no les mentiré, un poco más que eso y la botella a descorchar es más interesante, por supuesto.

Gracias a este gran vuelco vinícola, terminé eliminando por completo las gaseosas y los sintéticos jugos de mi dieta (no he bebido uno de estos tóxicos “refrescos” en más de dos años y no creo que vuelva a hacerlo) y opté por la sana costumbre de acompañar mis comidas con la mejor, única y más sensata forma de armonizar un plato: con vino.

Todos sabemos de las bondades que esconden estos deliciosos mostos fermentados. Claro, si se han encargado de señalárnoslo desde hace un buen tiempo en cuanto medio especializado y no existe, pero también sabemos que hay algo más que simplemente salud en cada botella que descorchamos. Un mundo. Cada vino es un mundo de aromas, sabores y colores, ingenio, sabiduría y destreza, pero para comprenderlos en profundidad, para entender todo lo que hay detrás de cada etiqueta, hay que aventurarse un poco, algo más allá que simplemente beber por beber, brindar por brindar.

Mi primera cata fue con César Fredes, hace no sé, ¿doce años? Un chardonnay, me acuerdo perfecto, fue el primer vino degustado. Una cepa que el connotado periodista gastronómico nos describió a través de un sinfín de cualidades y descriptores, en una evaluación que rozó lo cursi: que la maloláctica y la barrica, que los aromas y sabores mantequillosos, y también la fruta tropical, el valle, la brisa del mar y que el maridaje óptimo es con tal o cual cosa. Yo no entendí ni jota. Obvio, no había pasado por ese entonces de los “quitacaspas” o “tres tiritones” que bebía en los carretes universitarios y, cuando en casa de mis abuelos podía acceder a algo bueno de verdad, era para los grandes almuerzos familiares de fin de año o para los asados de carnes y pescados. Siempre bajo la premisa de “un gran vino para una gran ocasión”.

Luego fue cosa de tiempo para que mi espectro sensorial se ampliara, educara y mi gusto se definiera mejor. Ayudó mucho, no puedo desconocerlo, las largas conversaciones sostenidas con enólogos, viticultores, periodistas especializados y relacionados con el medio, y las juntas con mis amigos, con quienes trato de, al menos una vez por semana, descorchar alguna botellita en particular. Nos juntamos a catar, a disfrutar y aprender, así de simple. Un sano y noble ejercicio que nos ha deparado grandes decepciones, la mayor de las veces, pero también grandes sorpresas, de cuando en cuando.

Lo entretenido de todo este cuento es que luego de descorchar cientos de botellas a destajo, de degustar, escupir, maridar, de sentir los sabores y aromas a piñas, limones, pomelos, duraznos, papayas, manzanas, frutillas, arándanos, ciruelas, moras, vainilla, coco, tabaco, tostado y especias, de que te quede la lengua como lija o que sientas que bebes terciopelo líquido, o de toparte derechamente con madera disuelta en alcohol, vinagres o sentir el asqueroso aroma a huevos podridos, uno termina por aprender algo: que el vino es cultura. Que el vino está vivo, es complejo, que está repleto de mañas y es contradictorio a la vez, como todo arte. Está lleno de virtudes, pero también puede tener aún más defectos. Al vino hay que tratarlo bien y cuidarlo, antes de la cosecha y después de que es embotellado. Pero por sobre todo, terminamos por conocernos a nosotros mismos, nuestros gustos y por saber si lo que tenemos en la copa nos agrada o no. Que es lo que realmente importa en este asunto, ¿verdad?

Dave Brubeck – Tonight